Thursday, March 30, 2006

Soy un círculo


Me levanté con el sonido de la desgracia en forma de pitido, me revolví en la cama antes de bajar las largas escaleras que me separan de lo mundano y repetí sin cesar las palabras que aquella noche dijiste: no es mi hombro, es tu espalda.
Pierdo un poco la fe cada vez que me señalas con la mirada y ese día lo volviste a hacer.
No necesitas mover ni un músculo para que sepa que me señalas, que me acusas.

Al salir del ascensor se repitió la situación que años atrás nos había separado. Me miraste, miraste al doctor y entonces fue cuando no pude contener las lágrimas.

Siempre repito esas palabras al bajar la escalera. Sé que no me convierten en ti, pero al menos me acercan un poco más a lo que tuvimos, a lo que fuimos.
La taza de café sobre la mesa, el temblor de mi mano y la mirada perdida durante minutos en las imágenes que colgaste en la pared.
Puede ser el comienzo de un duro día o el final de una noche horrible.

Preferí cavar esa mañana...estaba algo harto de cruzarme con la señora Steimberg cada día a las nueve. A los dos días de “si, puede que llueva” se te acaban las ganas de preguntarle por su hijo que estudia en Boston.
Cuando hago un hoyo suelo llegar antes a la calle, aunque lo malo es lo que mancha...Te deja perdido, eso si.
Tuve que envolver el bocadillo en mi sombrero ¡Eso no se lo perdono a nadie!
Un paso, dos calles, un tren y dos pasos más para llegar a mi cita.
Aun no eran las 9:30 y ya estaba ahí, puntual como una mala noticia.
La sargento Wyatt no suele vestir con vaqueros y eso me desconcertó.Tenía la mirada ausente, reía a carcajadas y luego callaba durante minutos.
Cuarenta y dos sonrisas y media después me recomendó un restaurante en la octava avenida en el que sirven un pato a la naranja estupendo.Le propuse que viniera conmigo y rechazó la oferta con elegancia.
Tenía dos hijos, hipoteca y exmarido gruñon de los que siguen apareciendo por casa...yo lo sabía pero aun así siempre viene bien un poco de fornicación con pato.
Esta semana tampoco me supo decir nada nuevo.Repetía los mismos acertijos una y otra vez.Por supuesto seguía sin saber cómo habían llegado a su cabeza.
Si no le decían nada a ella tampoco me lo dirían a mi.
“Un octavo refugio de moras al vino, una película que no suena y un tres en raya”

Yo una vez tuve que subir andando hasta un octavo, fue horrible porque no había vecinos a los que pedirle apoyo y consuelo en los descansos. Sólo había una señal roja en cada uno de los ocho pisos, una lámpara barata y un cuadro torcido.
Si repites en tu mente el recorrido siempre te saltas algún piso.Sabes contarlos sin dificultad pero siempre repites el mismo piso en tu cabeza.Si hubieran sido de colores todos serían del mismo.
Anna creía en mi, si le contaba que era así como ocurría en mi cabeza rápidamente se solidarizaba contigo y lanzaba un grito al aire con un “¡es verdad!” que te alegraba la tarde.
Hoy está nublado y seguro que sigue así durante años.Anna se olvidó de enseñarme lo de la cometa y se olvidó de llevarse sus recuerdos con ella.

Creo que tengo un pie más grande que otro.No es relevante pero es raro pensar que somos asimétricos.Sin pensarlo diríamos de buenas a primeras que la simetría impera en nuestras vidas.Los recuerdos se vuelven simétricos con el tiempo, las películas acaban guardando un punto central y las paradas de autobús son tan paradas de autobús por el lado derecho como por el izquierdo.
No creo que tenga que pensar que algo no es simétrico si me resulta más fácil que lo sea.Aun así me miro en el espejo y sigo viendo al tipo que fui, el tipo que quise ser en vez del que soy.
No me veo los lunares ni las arrugas.sigo teniendo treinta años y el pelo en su sitio.Soy simétrico de arriba a abajo y de un lado a otro.Soy un circulo.

Ilustración: David Foldvari
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