Thursday, April 06, 2006

New World


El Nuevo Mundo de Terrence Mallick

Tal vez ahora parezca todo lógico. La historia vista con perspectiva es una sucesión causal de acciones y reacciones. Todo lo pasado es de un determinismo inquebrantable. El presente, por el contrario, es una extraña nebulosa incierta en la que infinitos caminos se abren a nuestro paso. El hilo del pasado termina en la madeja del presente. El futuro es siempre incierto.
Terrence Mallick ha hecho una película histórica en la que consigue hacernos partícipes del vértigo que sufrieron los hombres blancos al entrar en El Nuevo Mundo. Hoy no nos lo planteamos, pero hace quinientos años los primeros descubridores se lanzaron a una aventura por mar que les llevaba a una tierra nueva y desconocida. Ahí las leyes del viejo continente no regían y la muerte y las oportunidades surgían de sitios distintos, de cualquier sitio. Los primeros libros de los descubridores hablan de razas indígenas que caminan con las manos, de hombres de dos cabezas, de monstruos horripilantes. El miedo y el vértigo que pudieron sentir los colonos y guerreros que llegaban por primera vez a América están perfectamente reflejados en los planos cortados en movimiento, los subjetivos y los ángulos extraños con los que Emmanuel Lubezki fotografía la película. Un vértigo a lo nuevo, a lo incierto, al peligro y al descubrimiento.
El Nuevo Mundo es una película llena de poesía y pensamiento, una invitación a la observación y una historia épica seleccionada de entre cientos de historias grandiosas que sucedían al mismo tiempo en aquel momento.
Terrence Mallick es un bicho raro de Hollywood. En treinta y tres años ha rodado cuatro películas. Las cuatro alabadas por la crítica y poco conocidas por el público: Malas Tierras (1973), Días de Cielo (1979), La Delgada Línea Roja (1998) y El Nuevo Mundo (2005). Todas tienen un estilo común, y es que la personalidad de este autor-filósofo se muestra a lo largo de todas ellas: son películas en las que se trata de contar algo. En todas ellas la voz en off es personal, dubitativa e inteligente. La narración es limpia, sin trampas, observadora y tenaz. Parece increíble que siga habiendo alguien que tenga fe en este tipo de cine. La producción de Sarah Green y Peter La Terriere es parecida a la que ejercían los mecenas en el siglo XVI. Admirable valentía la de confiar en un director tan extraño y una historia tan cara.
Es una película cuidada al detalle, preciosista, íntima. La música de James Horner es minimalista para resaltar la grandiosidad del sentimiento. El resto de la banda sonora está compuesto por piezas de Mozart y Bach.
En una película tan subjetiva, cada cual plantea sus dudas, cada cual tiene su idea. Todo cabe. Puede resultar que la historia en la que se focalice sea menos interesante que el contexto en el que sucede. Puede ser que la historia cuente demasiadas cosas, que el personaje principal se diluya a lo largo de la película, que la voz interior de los personajes sea demasiado extensa, pero da igual. El vértigo de la historia es superior a todo esto. El espectador ha quedado hipnotizado por el preciosismo desde el principio. Se acepta el lenguaje en el que se habla y se disfruta.
El reparto es sólido. El peso de la película recae sobre una jovencísima Q'Orianka Kilcher y un capaz Collin Farrel, acompañando a los principales están Christian Bale y Christopher Plumier. Terrence Mallick es un director por el que los actores se pelean. No tiene ningún problema a la hora de elegir a quien quiere para lo que quiere.
Es una película impresionante. Un viaje a lo desconocido. Un placer estético y una buena historia, bien filmada, bien montada y bien interpretada. El Nuevo Mundo permanecerá.
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