Thursday, July 10, 2008

El combate del siglo

La reacción acerba del realismo contra el academismo romántico en la literatura y arte no tardó en reflejarse en la esgrima. Gomar, Sharleman, Cordenua y otros podían ver la aparición de una escuela nueva, que al preocuparse solamente en dar los tocados, descartó las exigencias de la elegancia y gracia de movimientos como inútiles y ridículos. En vano nuestro Bertran, nuestro incomparable Bertran, trataba de demostrar con su propio ejemplo que es posible ser el tirador más gracioso y fuerte a la vez. Cada día la escuela nueva iba ganado su derecho de ciudadanía. Desde ahora la esgrima es indudablemente un ejercicio muy útil, entretenido, pero ya no es un arte, puesto que “no hay arte donde no hay belleza".
Ernst Leguve. El torneo del siglo XIX. 1830

Hace unos días me preguntaron algo así como si se enfrentara un mosquetero y un tirador de esgrima actual quién ganaría. Tras pensarlo un rato, sonreí y respondí: "Los mosqueteros usaban el mosquete de ahí su nombre, no espadas". El preadolescente inquisidor tardó un segundo de más en contestar: "¡Je!, ¡qué listo!" Me hizo una mueca y se fue a sus cosas.

Un profesor desconocido de esgrima, Lafoger, llegó a Paris con la idea de poner en prácticas sus ideas sobre la esgrima. Defensor de la llamada desde entonces "escuela práctica" se enfrentó en combate en 1816 con el Conde Bondi, considerado el mejor tirador de París de aquella época. Convirtiéndose el encuentro en uno de los eventos más señalados de la historia de la esgrima y en un punto de inflexión en la práctica del noble arte de la espada que pasó desde ese mismo instante a convertirse en el deporte de la espada.

Lafoger era bajito pero extremadamente ágil. Abordó cada punto con el objetivo claro de tocar al contrario, nada de paradas superfluas, nada de poses, nada de complejos ataques. Tocar, tocar rápido, tocar cuanto antes, tocar antes que el adversario. Volver en cierto modo a la esencia del combate que con tanta teorización académica se había diluido en un mar fórmulas y formas.

La victoria de Lafoger frente al numeroso público que contemplaba el encuentro fue aplastante. Las autoridades de esgrima de aquel tiempo forjadas en un encorsetado academicismo quedaron tan impactadas que a partir de entonces se establecieron dos escuelas: la clásica, con Bertram, La Buasier, Cordenua y Bondi entre otros, en franca decadencia y la escuela práctica con Lafoger a la cabeza que con el devenir del tiempo fue la que se impuso.

La esgrima actual es hija de la victoria de Lafoger. Toda acción, incluso la inacción, tiene una intención y esa intención última es tocar al contrario. La belleza se sacrifica en pos de la practicidad. Es más, actualmente cualquier acción si no lleva a la consecución del tocado, por muy estéticamente que haya sido realizada es considerada superflua y amanerada. Lo bello es lo práctico.
Esta sentencia no deja de poner de manifiesto una reconversión de una categoría estética.

El paralelismo entre la evolución de la esgrima y arte del siglo XIX hasta entrado el XX es directo. Desde el clasicismo de la academia francesa de fines del XVIII reconvertido en academicismo romántico del primer cuarto de siglo hasta la irrupción del realismo la evolución del arte ha ido pareja a la de la esgrima. Luego, llegaría la teorización de la funcionalidad y la practicidad en el siglo XX con la Bauhaus y el racionalismo, el "ornamento y delito" de Adolf Loos y el "menos es más" de Van der Rohe, pero eso ya es otra historia. Me gusta pensar que Lafoger puso su granito de arena a este cambio en la historia de las ideas estéticas y más concretamente a la categoría de belleza.

A mi compañero de armas Javiwaka que nos abandona para luchar en las posesiones de la pérfida Albión.
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