Saturday, May 12, 2012

Jack Churchill mataba nazis con arco y flechas


Jack Churchill (Hong Kong, 1906) pasó a la historia como el último arquero. 

Ya en sus inicios como oficial en Birmania comenzó a mostrar su amor por la historia portando con él una espada Claymore (como las de Bravehart). Decía que un oficial sin espada no iba correctamente vestido. Además de espadachín resultó buen arquero y soplagaitas, materias en las que destacó lo suficiente como para que le diesen pequeños papeles en películas como Ivanhoe o el Ladrón de Bagdad mientras trabajaba como editor en un periódico. 

Su habilidad con el arco, le permitió formar parte de la selección nacional inglesa que participó en el campeonato mundial de arco en Oslo en 1939, y allí le sorprendió la guerra. Tras un retorno a Inglaterra lleno de peripecias, se enroló de nuevo en el ejercito no sin antes pasarse por la tienda Purle of London, donde encargó un longbow de madera de Tejo Español de 100 libras construido a la usanza medieval. Asimismo encargó un buen número de flechas de caza de madera y dos arcos de acero. Y de esta guisa, con sus arcos y su claymore, se unió al Manchester Regiment, justo a tiempo de embarcar con la fuerza expedicionaria que fue enviada al continente. 

Pasa así a la historia como un héroe/enajenado mental. En diciembre de 1939, por ejemplo, en Polonia, sorprendió a todos abalanzándose sigilosamente, hasta unos 50 metros de las trincheras alemanas, disparando flechas hasta que los soldados enemigos comenzaron a agitarse y gritar. Poco después, en mayo de 1940, en Francia, cuando estaba al mando de una compañía de infantería que debía defender el pueblo de LŽepinette, fue capaz de acercarse hasta un granero sin ser visto por los nazis, y atravesar con una flecha desde 30 metros de distancia a un sargento alemán, antes de que comenzaran los disparos de sus hombres contra el resto de enemigos. 

Una de las incidencias más celebradas de la evacuación de Dunkerque –podía leerse en el diario de guerra de la cuarta brigada de infantería– fue la visión del capitán Churchill, marchando por la playa con su arco y sus flechas. Sus acciones en el Saar con sus flechas son conocidas por muchos y su disgusto por no haber podido practicar con ellas tanto como le habría gustado, ha sido notable. Su ejemplo y buen trabajo con su grupo de ametralladoras han sido una gran ayuda para la cuarta brigada de infantería. 

Sus conquistas y el asombró de sus compañeros y superiores no se detuvieron ahí. En diciembre de 1941, en la Noruega ocupada por Hitler, fue el primer hombre que puso su pie en la playa, al frente de dos compañías dentro de la «Operación Arquería». Churchill desembarcó con su espada en alto contra la batería enemiga mientras gritaba a sus soldados, y los enemigos cayeron pronto, en una acción que le valió su segunda Cruz Militar. 

Su momento cumbre llegó en otoño de 1943, durante el ataque nocturno a la población italiana de Piegoletti. Tras intimidar y capturar a 136 soldados alemanes al grito de «¡comando!», consiguió infiltrase en el pueblo y continuar intimidando a los enemigos sin ser descubierto, tan solo con su espada, haciéndose con los puestos de guardia y sin disparar una sola bala. Por esta acción recibió una nueva condecoración. Su suerte se acabó en 1944, en Yugoslavia, tras quedar aislado con seis de sus hombres en el ataque a una posición alemana. Cuando todos sus hombres cayeron heridos, el «Loco Mad» sacó su gaita y comenzó a tocar «No volverás» para animar a los soldados, pero una granada cayó a su lado y le dejó inconsciente. Al despertar, estaba rodeado de nazis. Fue enviado al campo de concentración de Sachsenhausen, donde conoció a veteranos que habían participado en el hecho real que inspiró la famosa «Gran evasión». Se unió a ellos y, en su lucha continua, consiguió exacavar un túnel por debajo de los muros de la prisión y escapar. Estuvo libre 14 días, hasta que la Gestapo volvió a capturarlo. A pesar de las órdenes de Hitler de ejecutar a todos los enemigos, un capitán nazi se negó a hacerlo, por lo que, al término de la guerra, cuando tenía 40 años, pudo ingresar en la escuela de saltos, hacer se paracaidista y seguir participando en acciones militares estratégicas. Años después se lo agradecería al oficial nazi que no le ejecutó, mucho antes de morir apaciblemente en 1996 en su casa de Surrey, al sudeste de Inglaterra.
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