Friday, November 17, 2006

Sir Henry Wotton


Lord Henry se encogió de hombros.
-Amigo mío, el arte medieval es encantador, pero las emociones medievales están anticuadas. Se las puede utilizar en las novelas, por supuesto. Pero las cosas que se pueden utilizar en la narrativa son las que han dejado de usarse en la vida real. Créeme, ningún hombre civilizado se arrepiente nunca de un placer, y los incivilizados nunca llegan a saber qué es un placer.
-Yo sé lo que es el placer -exclamó Dorian Gray-. Adorar a alguien.
-Sin duda eso es mejor que ser adorado -respondió Lord Henry, jugueteando con una fruta-. Ser adorado es muy molesto. Las mujeres nos tratan como la humanidad trata a sus dioses. Nos rinden culto y están siempre molestándonos para que hagamos algo por ellas.
-Yo diría que cualquier cosa que nos piden nos la han dado antes -murmuró el muchacho con mucha seriedad-. Crean el amor en nuestra alma. Tienen derecho a pedor correspondencia.
-Eso es completamente cierto -exclamó Hallward.
-Nada es completamente cierto -dijo Lord Henry.
-Esto sí -le interrumpió Dorian-. Has de admitir, Harry, que las mujeres entregan a los hombres el oro mismo de sus vidas.
-Es posible -suspiró el otro-, pero inevitablemente lo reclaman en calderilla. Ése es el problema. Las mujeres, como dijo en cierta ocasión un francés con mucho ingenio, despiertan en nosotros el deseo de producir obras maestras, pero luego nos impiden siempre llevarlas a cabo.
-¡Eres horrible, Harry! No sé por qué te tengo tanto afecto.
-Me lo tendrás siempre -replicó lord Henry-. ¿Tomaréis café? Camarero, tráiga café, fine champagne y cigarrillos. No, olvídese de los cigarrillos; tengo algunos yo. Basil, no te permito que fumes puros. Enciende un cigarrillo. El cigarrillo es el perfecto ejemplo de placer perfecto. Es exquisito y deja insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir? Sí, Dorian, siempre me tendrás afecto. Represento para ti todos los pecados que nunca has tenido el valor de cometer.
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