Sunday, February 11, 2007

El discreto encanto de la burguesía.

Ya he dicho, a propósito de "El ángel exterminador", cuánto me atraen las acciones y las frases que se repiten. Estábamos buscando un pretexto para una acción repetitiva, cuando Silberman nos contó lo que acababa de ocurrirle. Invitó a varias personas a cenar en su casa, un martes por ejemplo, olvidó hablar de ello a su mujer y olvidó que ese mismo martes tenía una cena fuera de casa. Los invitados llegaron hacia las nueve, cargados de flores. Silberman no estaba. Encontraron a su mujer en bata, ignorante de todo, cenada ya y disponiéndose a meterse en la cama.

Esta escena se convirtió en la primera de “El discreto encanto de la burguesía”. No había más que proseguirla, imaginar diversas situaciones en que, sin forzar demasiado la verosimilitud, un grupo de amigos intentan cenar juntos, sin conseguirlo. El trabajo fue muy largo. Escribimos cinco versiones diferentes del guión. Había que encontrar su justo equilibrio entre la realidad de la situación, que debía ser lógica y cotidiana, y la acumulación de inesperados obstáculos que, no obstante, no debían parecer nunca fantásticos o extravagantes. El sueño vino en nuestra ayuda e, incluso, del sueño dentro del sueño. Por último, me sentí particularmente satisfecho de poder dar en esta película mi receta de dry-martini.

Excelentes recuerdos de rodaje: como, con bastante frecuencia, se hablaba y se trataba de alimentos en la película, los actores, en particular Stéphane Audran, nos llevaban al plató manjares con que reponer fuerzas y bebidas para refrescarnos. Tomamos la costumbre de hacer una pequeña pausa hacia las cinco, momento en que desaparecíamos durante unos diez minutos.

A partir de Discreto encanto, rodada en 1972 en París, cogí la costumbre de rodar con una instalación de vídeo. Con la edad, ya no tenía la misma agilidad y flexibilidad que antes para regular los ensayos ante la cámara. Me sentaba, pues, ante un monitor, que me daba la misma imagen que la del cameraman, y corregía el encuadre y la colocación de los actores desde mi sillón. Esta técnica me ha ahorrado mucha fatiga y mucha pérdida de tiempo.

Existe una costumbre surrealista del título que consiste en encontrar una palabra o grupo de palabras inesperadas que dan una visión nueva de un cuadro o un libro. Yo he intentado varias veces aplicarla al cine, en Un Chien Andalou y La Edad de oro, por supuesto, pero también en El ángel exterminador.

Mientras trabajábamos sobre el guión, nunca habíamos pensado en la burguesía. La última noche –era en el parador de Toledo, el mismo en que murió De Gaulle-, decidimos encontrar un título. Uno de los que se me habían ocurrido, por referencia a la Carmagnole, decía Abajo Lenin o la Virgen en la Cuadra. Otro, simplemente: El encanto de la burguesía. Carriére me hizo notar que faltaba un adjetivo, y entre mil de ellos fue elegido discreto. Nos parecía que, con este título, El discreto encanto de la burguesía adquiría otra forma y casi otro fondo. Se la miraba de forma distinta.

Un año más tarde, cuando la película está nominated, es decir, seleccionada para los Óscar de Hollywood y nos encontramos trabajando en el proyecto siguiente cuatro periodistas mexicanos a los que conozco nos localizan y vienen a almorzar en el Paular. En el transcurso de la comida me hacen preguntas, toman notas. Naturalmente, no paran de preguntarme:

-¿Cree usted que obtendrá el Óscar, don Luis?

-Sí, estoy convencido –respondo muy seriamente-. Ya he pagado los veinticinco mil dólares que me han pedido. Los norteamericanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.

Los mexicanos no ven malicia alguna en mis palabras. Cuatro días después, los periódicos anuncian que yo he comprado el Óscar por veinticinco mil dólares. Escándalo en Los Ángeles, télex tras télex. Silberman llega a París, muy molesto y me pregunta qué locura me ha dado. Le respondo que se trata de una broma inocente.

Después de lo cual, se calman las cosas. Transcurren tres semanas y la película obtiene el Óscar, lo que me permite repetir a mi alrededor:

-Los americanos tienen sus defectos, pero son hombres de palabra.

VIDEO 1

VIDEO 2




Luis Buñuel Mi Último Suspiro

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