Wednesday, May 23, 2007

Olmi y Juan de las Bandas Negras


A los 12 años, Giovanni Medici, cometió su primer asesinato. Ya desde una edad temprana mostró una gran aptitud para actividades físicas y de combate; aprendiendo pronto esgrima e hípica. No tarda en convertirse en condotiero, que así es como se llamaba a los mercenarios que ponían sus armas e ingenio al servicio de los Estados Papales. Recibió su bautismo de fuego a los 18 años, en la guerra contra Francesco Maria della Rovere, Duque de Urbino. Vence en 22 días. Era un militar y estratega excepcional.
En 1526 Carlos V invade italia en busca del Papa. Los ejércitos pontificios intentan hacerle frente pero nada pueden hacer contra las tropas de lansquenetes alemanes y tercios españoles. Juan de Medici lidera una milicia de condotieri que pintan sus armaduras de negro para atacar de noche sin ser vistos. Una bala de falconete no tarda en herirle. En tres días ha muerto de gangrena. El idolatrado "condottiero", llamado "de las Bandas Negras" por su insignia de guerra, tenía 28 años y acababa de guiar el ejército pontificio contra los Lansquenetes, acampados en las campiñas alrededor de Mantua.
Olmi se interesa en esta historia al leer un tratado de cirugía de la época, y dice: me llenaba de curiosidad entender cómo podía morir un joven de hace 500 años que lo tenía todo: éxito, gloria, el amor de las mujeres. Porque —aventura Olmi— también los jóvenes de hoy mueren así, en una actitud de desprecio por la vida tan lanzada que roza la desvergüenza. Juan no iba en busca de la muerte, sino que convivía con ella porque formaba parte del "mester de las armas". Un gran personaje como él, temido y aclamado, que muere como todos nosotros deberíamos saber morir: no vestido de héroe, con la coraza de caballero medieval, sino con la sencillez y la conciencia necesaria para hacer de la muerte un hecho normal. Creo que la verdadera heroicidad es la aceptación de los propios límites y de la voluntad de Dios.

Me gustaría mucho que los espectadores más jóvenes se reconociesen en este héroe de hace 500 años —admite el director—. Puedo entender que un chico, que con toda justicia pretende hacerse responsable del mundo en que vive, tenga ganas de gritar… Estamos inmersos en una sociedad que nos mortifica, en el sentido de que estamos rodeados por una muerte burlona que no aparece. Porque hoy la muerte se camufla en los alimentos, en la contaminación, en el engaño de la comunicación, en la falsedad de los puntos de vista, incluso en el falso amor de padres más atentos a su propia carrera que a las responsabilidades de padre y madre. Cada mentira es un signo mortificante, mortífero. Quizás los chicos que desafían a la muerte es como si gritaran: "¡Déjate ver!"

¿Qué es el consumismo sino el signo de una sociedad de muerte? Nos dicen que usemos un objeto y luego lo tiremos. Usar y tirar. Es la ilusión de ser ricos porque disfrutamos de muchas más cosas. ¡Qué tontería! Ante el desenfrenado progreso de hoy hay que oponer alguna reserva. Una mirada atrás puede servir para ajustar la mirada. Hoy ya no hay necesidad de guerras, de muertos, sino de vivos para tratarlos como a "almas muertas", como decía Gogol. Personas a las que dar el consumismo, cierta televisión, ciertos espectáculos, el ordenador, la realidad virtual… Estamos en la transformación de una época, de la que no se habla a pesar de los signos cada vez más fuertes de la ciencia.


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